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El poder de decir “gracias” (I)

Resulta beneficioso para la persona que las recibe y también para quien las da

El trato con personas mayores no siempre resulta sencillo. A veces su forma de comportarse puede ser tan caprichosa y demandante como la de los niños. Sin embargo, ambos comparten un rasgo de personalidad muy positivo: la capacidad de agradecer los pequeños gestos y placeres cotidianos.

Seguro que alguna vez habéis escuchado a alguien decir “es que es igual que un crío”, en referencia a la persona mayor a la que cuida o con la que convive. Efectivamente en muchas ocasiones las personas mayores repiten patrones de conducta que son propios de la infancia. Así, se observa que ancianos y niños pueden llegar a compartir aspectos como: ambos son vulnerables y necesitan el cuidado y supervisión de otro; ninguno posee control de esfínteres ya que los bebés todavía no lo han adquirido y los ancianos lo han perdido; ambos manifiestan ocasionalmente una postura egocéntrica frente al mundo, no solo en lo relativo a sus pertenencias sino también a la hora de reclamar el cariño y la atención de quienes les rodean, etc.

Si lo pensáis, estos ejemplos de comportamientos similares observables en niños y ancianos tienen una connotación bastante negativa y en consecuencia poco representativa. Por tanto ¿Qué hay de lo positivo? También las personas mayores y los niños comparten características positivas. Por ejemplo, un anciano se divierte y disfruta viendo una actuación en el circo o escuchando una canción del mismo modo que lo haría un niño. En este sentido, desde mi perspectiva, niños y ancianos comparten un sentimiento, que personalmente considero extraordinario. Me estoy refiriendo a la gratitud.

Siempre he dicho que una de las cosas que más me gusta de compartir mi tiempo de trabajo con niños y ancianos, es lo agradecidos que son ambos. Resulta realmente satisfactorio que los demás disfruten, se diviertan, aprendan con lo que uno hace. Recibir este tipo de refuerzo hace que aumente el valor de lo que hacemos o decimos y nos eleva a una posición de responsabilidad. Queremos mejorar en cada gesto y cada acción, no solo por ser fieles a nuestros principios y valores, sino también porque hay alguien deseando recibir y disfrutar aquello que podemos ofrecerle.

Posiblemente para mí éste es el aspecto más importante de ser agradecido. Y es que decir “gracias” no sólo resulta beneficioso para la persona que las recibe, sino también para quien las da. Varios estudios psicológicos han concluido que las personas que se sienten agradecidas con otros o con la vida misma, son más felices, más optimistas y se sienten más saludables y más conectadas con quienes les rodean. Además, según explica el investigador Robert Emmons, “la gratitud también sirve como un amortiguador del estrés”. Este especialista también señala que “la gente agradecida es menos propensa a experimentar envidia, enojo, resentimiento, arrepentimiento y otros estados no placenteros que provocan estrés”.

Como veis, es mucho lo que se obtiene con una simple palabra, o un simple gesto. Y de ello, de las muchas formas de dar las gracias, hablaremos en el próximo post.

Para terminar, os animo con la siguiente reflexión que hizo el escritor Marcel Proust sobre la gratitud, a cuidar con esmero y cariño, cada día, vuestro jardín de la felicidad:

“Demos las gracias a las personas que nos hacen felices; son los adorables jardineros que hacen florecer nuestras almas”.